Sobre encontrar la felicidad en nuestra Vocación o Carrera

El mundo industrializado nos ha inculcado que la felicidad se puede encontrar al saber qué queremos hacer, no en quiénes somos, no en el mejoramiento personal, sino en el mejoramiento de nuestro rubro o empresa. Definitivamente algo tiene que cambiar. Si nos definimos por nuestra vocación o carrera, es probable que para algunos, con menos metas personales, estas se conviertan en sus vidas y al ser despedidos, menospreciados profesionalmente o jubilados, verán que esa vida era todo lo que tenían, quedando develado que nunca trabajaron en ellos mismos.

Por lo tanto, todo debe partir desde el principio de que somos, luego hacemos. Podemos tener vocación y sentirnos felices actuando sobre ella, pero no necesariamente debemos definirnos por ella. El trabajo personal implica conocer nuestro pasado, nuestros gustos, disgustos; nuestros miedos y entender cómo superarlos; entender lo que nos causa placer, generar buenas relaciones personales, construir un hogar, etc. Una vida que sin importar lo que hagamos, nos haga sentir plenos.

La plenitud se puede describir con el término griego acuñado por Aristóteles, eudaimonia: la plenitud del ser.

“Sobre su nombre, casi todo el mundo está de acuerdo, pues tanto el vulgo como los cultos dicen que es la felicidad, y piensan que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz. Pero sobre lo que es la felicidad discuten y no lo explican del mismo modo el vulgo y los sabios. Pues unos creen que es alguna de las cosas tangibles y manifiestas como el placer, o la riqueza, o los honores; otros, otra cosa; muchas veces, incluso, una misma persona opina cosas distintas: si está enferma, piensa que la felicidad es la salud; si es pobre, la riqueza; los que tienen conciencia de su ignorancia admiran a los que dicen algo grande y que está por encima de ellos.”
—Aristóteles.1

Como ven, la disyuntiva no es nueva. Aristóteles vivió en el 384 antes de cristo, y al igual que nosotros, se preguntaba ¿qué entendemos por felicidad? ¿riqueza, honor, fama o placer? Pues concordamos con Aristóteles y también consideramos que ninguna de esas opciones es la correcta. Pues pueden proveernos alegría momentánea, pero no felicidad o plenitud.

La felicidad o plenitud la podemos encontrar en nuestra razón, en la búsqueda de la verdad, en nuestro propio desarrollo humano.

Entonces, si entendemos que no podemos definirnos por una carrera, oficio u vocación ni hacer que nuestra felicidad dependa de ella, podremos libremente escoger o reconocer nuestra vocación.

Luego, ¿se han preguntando qué es la vocación? Suena hasta místico y en parte lo es. Pues antiguamente el término sólo se utilizaba para referirse al llamado religioso del chamán o médico en los pueblos primitivos. En ese entonces, el individuo que sentía el llamado no tenía parte en la decisión de si podía llevar a cabo dicho llamado. Ni siquiera tenían que ver las cualidades que pudiese tener para poder llevar a cabo el llamado. Quien tenía el último dicho, era la sociedad en que estaba incluído el individuo. Y eso no está muy lejos de la actualidad. Muchos están sujetos a la aceptación o validación social para ejercer una actividad.

Socialmente, estamos destinados a contribuir, pues somos parte de una sociedad y el humano es un animal social.

“Son los otros quienes te dicen quién eres. Más tarde, asumimos su definición o tratamos de deshacernos de ella. Puede suceder que nos esforcemos por no ser lo que muy en el fondo “sabemos” que somos. Puede suceder que nos esforcemos por extirpar esa identidad “extraña” de la que hemos sido dotados o a la que hemos sido condenados, e intentamos crear con nuestros actos una nueva identidad, que nos empecinamos en hacer reconocer a los demás. En todo caso, nuestra primera identidad social nos es conferida. Aprendemos a ser lo que nos dicen que somos.”
—Ronald Laing.2

No es extraño que queramos complacer a nuestro entorno -o que nos comparemos en él- al momento de buscar un oficio o carrera o al reconocer una vocación. Debido a que nuestro entorno es quien primero nos define y los humanos buscamos aceptación de manera innata, buscamos la identificación porque en ella encontramos seguridad. Es una cualidad adaptativa y evolutiva. Pero, debemos preguntarnos si esa inclusión es forzada y esa seguridad falsa. Y principalmente, en esa seguridad ¿somos felices?.

Por tanto, si bien es esperable que nos validemos en nuestro entorno, ¿qué hacer cuando nuestro llamado personal es truncado, juzgado o denigrado? En las familias tradicionales se ha extendido la costumbre de esperar que los hijos tengan profesiones clásicas como abogados o médicos y por nada del mundo artistas. Y si bien no desmerecemos el tema monetario que define esas inclinaciones -ya que es un mal necesario en nuestra sociedad-  coartar e ignorar otras opciones por prejuicio es simplemente errado.

Esa costumbre social contemporánea de encajar a los hijos en ciertas carreras tiene un orígen algo macabro, pues a todos aquellos padres y abuelos se les inculcó la estandarización industrial sin que ellos lo supieran. Simplemente fue algo que vivieron y aceptaron sin cuestionar, porque antes, no habían muchas más opciones. Para que la industrialización fuera exitosa, se necesita una máquina bien aceitada con trabajadores en distintos cargos que produzcan productos en masa para los consumidores en masa. Entonces, desde nuestra infancia se nos trata de hacer encajar, de uniformarnos y de conformarnos con ser uno más de aquella máquina.

Cualquier atisbo a salir de la aceitada máquina es mal visto, porque en el fondo es considerado como inútil.

“Desde el nacimiento hasta la muerte, de lunes a lunes, de la mañana a la noche: todas las actividades están rutinizadas y prefabricadas. ¿Cómo puede un hombre preso en esa red de actividades rutinarias recordar que es un hombre, un individuo único al que sólo le ha sido otorgada una única oportunidad de vivir, con esperanzas y desilusiones, con dolor y temor, con el anhelo de amar y el miedo a la nada?”
—Erich Fromm.3

Podemos encontrar luces en la oscura realidad de las 8 horas de trabajo, podemos superar los prejuicios sobre si nuestra vocación es inútil o si no cumple los estándares esperados de nosotros. Debemos tener la capacidad de entender nuestro ‘YO’ como una fuerza intensa y vital, donde nos autoreconozcamos y reafirmemos sin la validación de otros. Nuestro YO debe prevalecer por sobre la discrepancia ajena, los prejuicios y vejaciones. Nuestra identidad debe ser más fuerte:

“Un sentirse vivo y activo, ser uno mismo, la tensión activa y confiada y vigorizante de sostener lo que me es propio; es una afirmación que manifiesta una unidad de identidad personal y cultural”.
—Erik Erikson. 4

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1. Ética a Nicomaco, Arstóteles.
2. Yo y los otros, Ronald Laing.
3. El arte de amar, Erich Fromm.
4. Identidad, Juventud y Crisis, Erik Erikson.|