Cuando los celos matan

Hoy en día, en la lucha contra la violencia intrafamiliar y la lucha frente al femicidio muchos están poniendo el foco de atención en enseñar a “no agredir a las mujeres”, pero no reflexionamos que, por ejemplo, la mayoría de los delincuentes sabe muy bien que no debían cometer delitos, en un estado de furia, en un rapto emocional, nadie recuerda las lecciones que cariñosamente recibimos cuando crecíamos.

El problema tampoco está en el control de impulsos porque tampoco es algo necesariamente malo; bien pueden existir acciones impulsivas buenas, como cuando nos emociona un pensamiento y queremos abrazar a una persona rápidamente, o como cuando sin pensarlo dejamos de lado nuestra comodidad para ayudar a otro, esos son actos que muestran un bajo control de impulsos pero que nacen y fluyen desde lo más positivo de nuestra humanidad.

Entonces, dónde ponemos el foco.

Detrás de todos los ataques siempre hay un evento que gatilla: por lo general una acción (real o imaginada) que choca con una creencia muy instalada en la mente de la persona y que considera casi vital. Cuando esta creencia es que las mujeres son un trofeo, de nuestra propiedad y que —por contrato— nos deben una absoluta exclusividad y obediencia, convierte a cualquier relación en algo realmente tóxico y en muchos casos, letal.      Cabe mencionar que las dos grandes causas del femicidio en nuestro país son la violencia intrafamiliar (gatillado por la idea obediencia) y precisamente, los celos (gatillado por la idea de exclusividad y pertenencia).

Es cierto que un grado menor es esperable en la mayoría de las personas, pero ese celo natural responde a aspectos más emocionales como el miedo a perder la atención o el cariño de nuestros seres queridos, muy distinto al celo —por lo general desmedido— y poco natural que aparece bajo un cúmulo de creencias que hoy sabemos reconocer como «machismo».

Entonces, está muy bien que enseñemos a los niños que cualquier tipo de violencia dentro de la familia o sus relaciones amorosas está completamente mal, pero el énfasis debemos ponerlo en educar generaciones que tengan en su mente instalado un concepto maduro y sano de lo que son las relaciones amorosas y familiares, creencias que estén alejadas del concepto de machismo y que consideren la misma validez para todos los humanos por su mera condición de humanos.  El respeto por todo ser humano aparecerá innatamente.