Lecciones de Game of Thrones

Las series de televisión son parte de nuestra vida. Ya sea que veas el Secreto del Puente Viejo en el Trece o The Walking Dead en Netflix (o ambas), sus personajes nos cautivan y nos involucramos en sus historias y mundos como si fuesen nuestros. Cada una de estas series promueven una serie de valores y visiones de mundo que terminan influenciando en cómo nos vemos a nosotros mismos y el mundo que nos rodea. Por esto es muy importante qué vemos (el contenido de las series) y cómo lo vemos (la perspectiva, interpretaciones y conclusiones que sacamos de las series).

Game of Thrones (una adaptación realizada por HBO de la increíble saga de libros de G.R.R. Martin “A Song of Ice and Fire”) ha cautivado a millones de televidentes alrededor del mundo por su mezcla de fantasía, maquinaciones políticas, giros inesperados de trama y narrativa cruda. Pero hay ideas y visiones parte de esta serie que usualmente pasan inadvertidas y, desde una perspectiva psicológica, tienen un valor enorme.

Valar Morghulis: Todos debemos morir.

La televisión y las producciones de Hollywood nos tienen acostumbrados a que los personajes que identificamos como héroes son intocables. Viven dificultades, es cierto, pero últimamente todos sabemos que el personaje principal saldrá ganando. En el otro lado, tenemos al villano, que inevitablemente recibe su “merecido”; una suerte de justicia divina se asegurará de que pague por sus actos y que nuestro héroe reciba una recompensa por su virtud.

Nada así ha ocurrido hasta ahora en Game of Thrones. Hemos visto morir a personajes guiados por la lealtad, el compañerismo y el amor a su familia, y sobrevivir a otros guiados por la avaricia, el hambre de poder y que rayan en la locura. Si pudiésemos sintetizarlo, diríamos que viendo GOT vamos integrando en nuestra mente que cosas malas le pueden ocurrir a gente buena, y buenas cosas le pueden ocurrir a gente mala, y visceversa.

Cosas malas le pueden ocurrir a gente buena,

y buenas cosas le pueden ocurrir a gente mala.

En nuestra experiencia profesional y personal, encontramos que muchas personas piensan y sienten que sus circunstancias son injustas y que simplemente por sus características positivas (amabilidad, ingenio, inteligencia, honestidad, perseverancia, etcétera) no tendrían por qué experimentar dificultades o eventos negativos. Lamentablemente, la realidad no es así. Debemos aceptar que parte de lo que vivimos está fuera de nuestro alcance, y que por tanto no responde a nuestros actos, ideas o sentimientos. No es ni merecido ni injusto. Simplemente es, y mientras no aceptemos esto, no estaremos preparados para superar dichas dificultades.

¿Héroes y villanos?

Ok, cosas malas le pasan a la gente buena. Pero… ¿existe realmente esta distinción entre “gente buena” y “gente mala”? Si de nuevo miramos a las típicas producciones televisivas, pensaríamos que sí: sabemos claramente quién es el héroe y sus compañeros, así como quién es el villano y sus secuaces. Y no solo eso: todas las conductas, sentimientos y pensamientos de cada lado se alinean perfectamente con su maldad o bondad. Son simples y predecibles, cada uno caminando en una línea recta de la cual no hay desvío.

Game of Thrones nos presenta una imagen distinta.

Los grandes villanos no son tan simples; si miramos atentamente, veremos que muchos son solo humanos, luchando por la supervivencia de su familia, la seguridad de sus hijos y el bienestar de las personas a su cargo; incluso en los peores casos alcanzamos a verlos como producto de una cultura violenta y jerárquica al punto de la enfermedad. Por otro lado, nuestros queridos héroes traicionan juramentos, condonan la pena de muerte (matando a veces a sus propios familiares) y están dispuestos a sacrificar miles de vidas en guerras guiadas por caprichos personales.

Ambos lados se ven tomando decisiones imposibles, arriesgándose no importa qué camino eligen, siempre con el peso de las posibles consecuencias. Los personajes de ambos lados están en conflicto consigo mismos, hasta que ya no hay “lados”. No hay blanco y negro, si no matices de gris, cada uno con su historia, trancas y aspiraciones, tal como somos los humanos en la vida real.

Los personajes de ambos lados están en conflicto consigo mismos, hasta que ya no hay “lados”. No hay blanco y negro, sino, matices de gris.

Interiorizar esta idea (que realmente no existen personas enteramente buenas ni enteramente malas) es un paso fundamental en el desarrollo de toda persona, por dos motivos importantes:

  1. Nos permite conocer y aceptar a las personas que nos rodean: la evolución, con ánimo de hacer el funcionamiento de nuestro cerebro más eficiente, nos ha preparado para formar rápidamente primeras impresiones y a quedarnos con ellas. Parte de nuestro crecimiento es aprender los límites de esas primeras impresiones, y estar listos para formarnos nuevas ideas, más matizadas, de quienes nos rodean. Formar relaciones profundas con otro ser humano implica una apertura a entenderla, una voluntad a verla por lo que es, sus emociones, conflictos, dudas, sueños, inseguridades, etcétera. Pensar el mundo en términos de “buenos” y “malos” va directamente en contra de esto.
  2. Nos permite conocernos y aceptarnos a nosotros mismos: luego de cometer un error o causarle daño a otros, muchos podemos encontrarnos pensando que somos “malas personas”, y de esa creencia se desencadenan otras más (que no merecemos el cariño de los demás, que sería mejor alejarnos o terminar ciertas relaciones, etcétera). Sin embargo, lo cierto es que actuar y/o reaccionar de mala manera no nos convierte en malas personas; somos humanos, susceptibles a cometer errores y tropezar. Mientras mejor aceptemos este aspecto de nuestra existencia, más capaces seremos de aprender de nuestros errores, mejorar nuestro modo de actuar, pensar y reaccionar y de reparar el daño que causamos.

El Sexo en su estado más natural.

Aunque a lo largo de las temporadas el contenido sexual ha ido bajando progresivamente mientras aumenta la tensión política, nadie puede dudar que Game of Thrones es una serie donde no tienen miedo a mostrar el sexo y lo hacen, nuevamente, rompiendo esa idealización a la cual la pantalla nos tiene acostumbrados.

En GOT vemos una gama múltiple de contextos sexuales que van desde la mera procreación y legitimación de un matrimonio político, hasta el sexo fruto del intenso deseo entre dos o más personas incluso bajo contextos tan tabú  como el incesto.

Nos enseña que cada persona tiene preferencias distintas, que puede disfrutarlas de distintas maneras y que tarde o temprano, no falta el fanático irracional y reprimido que intenta categorizarlo como “malo” sin pensar en las múltiples aristas que un tema así implica.  Shame…

Game of Thrones, con la mirada adecuada, puede ser un aporte a nuestras vidas. Sólo nos queda esperar  a otra temporada que desafíe y reformule nuestras creencias.
Winter is here.