“Tuve depresión suicida, y mejoré. Aquí les cuento cómo”

“No sé lo que pasaba por la cabeza de Anthony Bourdain cuando acabó con su vida. Pero recuerdo lo que pasaba por la mía cuando quise acabar con la mía.

Para mi, la depresión no era tristeza. La tristeza es un sentimiento, y mi depresión era lo opuesto a sentir; era la insensibilidad, y la sensación de que todo lo valioso en el mundo había acabado. Y, para poder sentir tristeza, debe importarte algo: Mi depresión aniquiló toda idea de que algo o alguien podía importarme.

Mi familia y amigos no importaban, dijo mi depresión. Nunca encontraría una pareja, susurraba. La vida no era más que vacío y sólo había una escapatoria. Tenía 25 años, un hombre joven en la flor de la vida, y profundamente desesperanzado.

Ahora tengo 30, sobreviví — y, por sobre todo, soy feliz. Me casaré en octubre, paso un montón de tiempo con mis amigos y familia y me encanta mi carrera. La felicidad que la depresión dijo era imposible, está aquí y es real.

Mi historia no es la de todos. No soy psicólogo y no puedo hablar generalidades sobre algo tan personal como la depresión. Pero sí puedo decir esto: Si estás deprimido, el destino de Bourdain no tiene por que ser el tuyo. Puedes mejorarte.

Te cuento cómo yo lo hice.

Recibí ayuda

Por largo tiempo mi depresión se volvió realmente amenazante, y no hablaba sobre ello. Trataba de distraerme de lo que me sucedía. Y por un tiempo, parecía funcionar: Cuando empecé a trabajar en Vox, la validación de la carrera que amaba mantenía a raya la sensación de falta de sentido.

Pero todo eso, era sólo un parche.

A medida que mi tiempo en Vox progresó y el trabajo se convirtió en una parte normal de mi vida, la depresión comenzó a volver a crecer lentamente. El mismo viejo fatalismo impregnó mis pensamientos.

Es fácil ver la depresión como un producto de cosas malas que te suceden —perder a un ser querido, por ejemplo. Pero para mi, la depresión no era algo que dependiera de una situación, y no podía arreglarse o mejorar por mi éxito personal o profesional.

Era una guerra, y la estaba perdiendo. No fue hasta el verano del 2015, más de un año después que las cosas comenzaron a cambiar. Y sé exactamente por que: Dejé de esconder mis sentimientos e incluí a la gente que amaba en lo que me estaba pasando.

Una de las grandes mentiras que la depresión te dice que es deberías sentirte avergonzado de ser su víctima. Y que si le dices a la gente que te rodea que estás sufriendo, te juzgarán o no les importará. Que lo mejor que puedes hacer es ahorrarles preocupaciones. Era realmente bueno en ello: La gente siempre mencionaba lo feliz que me veía, lo sociable y alegre que era, incluso cuando por dentro yo sabía que no lo era.

Hubo una sola persona que pudo ver lo que me pasaba: mi mamá. Cuando iba a cenar a la casa de mis padres, siempre me preguntaba si algo andaba mal conmigo. Y siempre inventaba alguna excusa. Pero un día finalmente dejé de mentir y le conté a mi familia. Escucharon, me dijeron que me amaban y que podía obtener ayuda si la quería.

Pero hay un dilema condicionante de la depresión: El tratamiento más efectivo es la medicación y la terapia, pero toma bastante tiempo conseguir una hora con un médico o psicólogo (asumiendo que tienes acceso a salud mental asequible en primer lugar). Sin embargo, si tienes una depresión grave, seguramente estás convencido de que nada de lo que hagas funcionará —no tratarás de encontrar un terapeuta porque tu depresión te está diciendo que de todos modos no servirá de nada. La misma enfermedad hace más difícil llegar al tratamiento.

Mi hermana —y nunca podré pagarle por esto—investigó por mi. Encontró un psicólogo y lo contactó por correo. Tener a otro que haga esas simples cosas por ti, como escribir un correo, rompió con el dilema condicionante. Mi hora fue agendada el 22 de Julio del 2015.

Debes abrirte

La terapia no es una panacea. No ayuda a todos, e incluso los muchos que se benefician de ella dirán fueron “curados” de la depresión. Pero ese no era el punto para mi. Lo que hizo mi psicólogo fue ayudarme a manejar mi depresión por las mías y no sólo con medicación. Me enseñó técnicas psicológicas, rutinas y hábitos en mi forma de pensar, aprendí la influencia que la depresión tenía sobre mi mente y cómo ir compensando, de manera saludable, sus efectos.

No entraré en detalles sobre mis sesiones terapéuticas. Algunas de ellas, como las conversaciones sobre mis pensamientos suicidas, aún son muy crudas.

Lo que importa, es que me ayudaron. Estas herramientas levantaron la nube negra de la depresión. No fue coincidencia que en la segunda mitad del 2015, tuve una cita con la mujer que pronto será mi esposa. Antes de terapia, no creo que hubiese sido capaz de abrirme a la idea de que alguien pudiese amarme o que pudiese hacer funcionar una relación.

Mientras más usaba las herramientas que me dieron en terapia, más me abría y me convencía de que valía la pena vivir la vida. Entre estas consideraciones para conmigo mismo y mi exitosa relación, me permitieron dejar de necesitar poco a poco las citas de terapia.

No quiero pensar que mi vida es perfecta. Todavía tengo problemas. Pero son problemas mundanos, como manejar las finanzas de mi familia con un salario de periodista, en vez de problemas que amenazan mi integridad como los pensamientos suicidas. Hace años, eso parecía imposible.

Lo único que deseo que todos pudiesen entender sobre la depresión, es que es una enfermedad social. Lo que hace parecer el suicidio como una opción válida es que te sientes profundamente solo, y eso es una mentira. Pero esa mentira sólo puede ser expuesta cuando eres honesto contigo mismo y con la gente que te rodea.

Si crees que alguien en tu vida está deprimido, pregúntales cómo se sienten y diles que estás y estarás ahí para ellos. Quizá dirán que no les pasa nada y que están bien, pero quizá te dirán la verdad. Pero si no lo hacen, sigue mostrándoles tu apoyo. Y si finalmente te dicen que están en problemas, ayúdalos.

Y si estás sufriendo, recuerda que podrás salir de ello. Y díselo a alguien —a quien sea. El estigma al rededor de la salud mental también me hizo callar y me costó muy caro. Habrá gente que se preocupará por ti y harán lo necesario para ayudarte a sobrevivir. Lo único que necesitas es pedirlo.”

Recuerda compartir este artículo porque tal vez alguno de tus amigos o familiares puede estar sufriendo en silencio y este testimonio sea el que les ayude a comenzar a estar mejor.

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