Durante décadas la cinematografía y literatura nos ha sugerido que los opuestos se atraen. La lógica sería que, dadas las grandes diferencias que hay, las partes se terminan complementando. Abundan las historias de las «niñas buenas» atraídas por el «chico malo», la mujer alocada e impulsiva sacando de su zona de confort al hombre serio y aburrido, el apasionado e  inspirando al sin «gusto por la vida» y obviamente todo desde una perspectiva hétero, monogámica y bastante normativa. Hay un sinfín de fórmulas que se repiten una y otra vez, reforzando la idea de que esta es la dinámica de la atracción y que estas configuraciones funcionan. 

Incluso, «expertxs en parejas» han escrito libros siguiendo esta premisa, por lo que es bastante entendible que muchas personas lo tomen como una verdad absoluta. Pero no hay ninguna base científica actualizada y consensuada que respalde la idea de que los opuestos se atraen y menos de que generen relaciones funcionales o saludables. 

Se han categorizado las distintas combinaciones de pareja como homogamia (aquellas en las cuales sus integrantes son similares), heterogamia (aquellas en las cuales son distintxs) y complementarias (aquellas en las cuales son opuestxs) y por lejos en esta disputa gana la homogamia.

En variados y vastos estudios, se han investigado la similitud en áreas como las aptitudes, rasgos de personalidad, intereses, valores, entre otros y cómo estos influyen en la atracción. En el 2013, Mathew Montoya realizó un meta-análisis donde combina los resultados de todos los estudios anteriores, encontrando evidencia tremendamente contundente de la gran atracción que existe entre humanos similares, incluso a través de distintas culturas.

En otras investigaciones, estudiantes universitarios reportaron que prefieren emparejarse con personas con quienes comparten «bios» similares. Otros estudios apoyan esta premisa donde lo importante es la biografía en común. En otros descubrimientos, se detectó que lxs introvertidxs no se sentían más atraídos por los extrovertidos más que por cualquier otra persona.

E incluso si se da una gran atracción entre opuestos, eso no asegura que vayan a funcionar bien como pareja.

¿Significa esto que las diferencias son un problema?

—Sí y no.

 

Se ha observado que las parejas que comparten gran parte de sus características terminan peleando por las más mínimas diferencias. Incluso, hay evidencia de que las pequeñas diferencias entre parejas pueden profundizarse aún más con el paso del tiempo.   Pero, en el libro «Diferencias reconciliables«, los psicólogos Andrew Christensen, Brian Doss y Neil Jacobson plantean que, también con el tiempo, esas diferencias comienzan a volverse complementarias: cada integrante de la pareja va asumiendo un rol que le acomoda, asentándose progresivamente en él, dando la ilusión de que son personas con muchas diferencias. Así, a una persona que recién conoce a una pareja de años le puede dar la impresión (equivocada) de que está viendo a personas opuestas atrayéndose y complementándose cuando, en el fondo, sus roles complementarios de «divertidx» y «serix»  se fueron desarrollando en el tiempo para suavizar pequeñas diferencias y luego se le pusieron esas etiquetas.

Es importante cuestionar estas ideas sobre la dinámica de la atracción y el funcionamiento en pareja, ya que, en parte, guían la forma en que miramos nuestras relaciones e, incluso, pueden influir en cómo buscamos y seleccionamos posibles parejas.