En los últimos años, el diálogo sobre el autismo ha salido de los consultorios para tomarse las redes sociales, las políticas públicas y las mesas familiares. Este fenómeno, sumamente positivo para la visibilización, ha traído consigo una disputa terminológica que parece dividir las aguas: ¿Debemos hablar de «Trastorno del Espectro Autista» o de «Condición de Espectro Autista»?
Desde algunos sectores se impulsa con fuerza el término «condición», argumentando que la palabra «trastorno» carga con un peso de enfermedad, falla o «algo que debe ser arreglado». Por otro lado, muchos profesionales observamos con preocupación cómo esta lucha se ha convertido en un falso dilema. Al intentar eliminar el estigma, corremos el riesgo de invisibilizar las dificultades reales que enfrentan las personas neurodivergentes. En Interludio, creemos que no se trata de elegir una palabra sobre la otra, sino de entender que ambas cumplen una función distinta y complementaria.
Un falso dilema: Por qué no son conceptos contrarios
La discusión actual suele presentarse como si estuviéramos obligados a tomar un bando. Sin embargo, desde una perspectiva científica y clínica, estos conceptos no se oponen; operan en niveles diferentes de la experiencia humana. No se es «más o menos» autista por usar un término u otro. La realidad es que el autismo es una forma de procesar el mundo, y esa forma de procesar puede —o no— manifestarse como un trastorno dependiendo de múltiples factores, especialmente el entorno.
La Condición: El «cómo soy»
Cuando hablamos de condición, nos referimos a la naturaleza intrínseca de la persona. Es el cableado neurológico, la forma en que el cerebro percibe estímulos, procesa la información y se comunica. Ser autista es una condición permanente; es la base desde la cual el individuo construye su identidad y se relaciona con el mundo.
Desde este punto de vista, el autismo no es algo que se «tiene», es algo que se «es». Es una variante de la diversidad humana que no implica, por sí misma, una falla de fábrica.
El Trastorno: El «cómo me afecta»
El concepto de trastorno, tal como se utiliza en manuales clínicos como el DSM-5 (utilizado ampliamente en Chile por psicólogos y psiquiatras), tiene una función técnica y operativa. Un trastorno se define cuando una serie de características o síntomas generan un impacto negativo significativo en la salud, la autonomía o la adaptación de una persona a su contexto.
Es fundamental quitarle el estigma a esta palabra. Decir que alguien presenta un trastorno no significa que la persona esté «rota» o sea inferior. Significa, objetivamente, que en su interacción con el medio social, educativo o laboral actual, está encontrando barreras que le producen sufrimiento o limitan su desarrollo.
La clave está aquí: Todos los autistas tienen la condición, pero no necesariamente todos presentan un trastorno en todo momento de su vida. El trastorno aparece cuando las demandas del entorno superan las capacidades de ajuste de la persona neurodivergente.
Hacia una visión neuroafirmativa y científica
Diferenciar estos elementos es vital. Si eliminamos el concepto de trastorno solo por «sonar mejor», corremos el riesgo de despojar a las personas de su derecho a recibir apoyos, adecuaciones curriculares o terapias necesarias para mejorar su calidad de vida. Si solo nos quedamos con el trastorno, olvidamos la riqueza de la identidad y la neurodiversidad.
En Interludio, nuestra práctica se sustenta en una perspectiva neuroafirmativa. Esto significa que:
- Validamos el autismo como una forma legítima y valiosa de existencia (la condición).
- Abordamos con rigurosidad clínica las dificultades de adaptación y el malestar que el entorno genera (el trastorno).
- Trabajamos desde la información precisa y el conocimiento vasto que nos entrega la ciencia actual.
Nuestra prioridad es la verdadera salud y el bienestar integral de las personas neurodivergentes. Con una larga trayectoria en la psicología clínica, entendemos que la mejor forma de ayudar a los pacientes, a sus familias y amigos no es a través de discusiones semánticas que confunden, sino mediante la comprensión profunda de cómo cada individuo vive su propia realidad.
Entender la diferencia entre ser y padecer es el primer paso para construir una sociedad donde la neurodivergencia no sea solo tolerada, sino comprendida y apoyada en toda su complejidad.














































